Probamos de todo: mantas dobladas, cestas de mimbre, camas acolchadas de tienda. Ninguna funcionaba, porque ninguna resolvía lo que un gato busca de verdad: bordes altos que le cubran la espalda, un hueco donde encajar hecho un ovillo y un material que conserve su propio calor.
Cuando dimos con el fieltro de lana prensada, todo encajó. Es firme sin ser rígido, cálido sin dar calor de más y aguanta años de amasado sin deformarse. Sobre esa idea construimos nuestra primera cama-nido, y sobre ella construimos RutinaPet.
Diseñamos pensando en la rutina real de un gato: dormir de catorce a dieciséis horas, vigilar su territorio y volver siempre al mismo rincón seguro. Si un producto no mejora alguna de esas tres cosas, no lo vendemos.